"hacer en todo momento lo que se ve con claridad que hay que hacer"

Carta pastoral del 2-X-2011


En la fecha en que se conmemora la Fundación del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría dirige a los fieles de la Prelatura una extensa carta, en la que trata algunos aspectos de la formación para la vida espiritual y la nueva evangelización.


02 de octubre de 2011



Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

1. Desde el mandato apostólico recibido del Señor (cfr. Mt 28, 19-20), la Iglesia no ha cesado de evangelizar. Muchos frutos vinieron en el transcurso de los siglos: por la gracia de Dios, también la Obra y cada uno de sus fieles. Como en otras épocas, también ahora se está desarrollando en muchos ambientes un fuerte proceso de descristianización que lleva consigo pérdidas muy graves para la humanidad. Dios ha enviado siempre a la Iglesia santos que, con su palabra y con su ejemplo, han sabido reconducir las almas a Cristo. Como ha escrito el Papa Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza, el cristianismo no es solamente una "buena noticia", una comunicación de contenidos, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida[1].

Me detengo ahora en algunos aspectos de esa formación para nuestra vida espiritual y para tomar parte en la "nueva evangelización", como la definió el beato Juan Pablo II.

En 1985, el primer sucesor de nuestro Padre nos dirigió una carta pastoral, moviéndonos a participar muy activamente en este apostolado, insistiendo en la necesidad de esmerarnos en la formación personal y en la extensión de esa labor a las almas.

También Benedicto XVI guía ahora a los cristianos por estas mismas sendas. La reciente creación del Pontificio Consejo para la promoción de la nueva evangelización[2] es una muestra de ese interés. Todos nos sentimos interpelados por sus palabras en la reciente Jornada Mundial de la Juventud, cuando animaba a los jóvenes a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios[3].


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